La fibrosis quística (FQ) es una enfermedad hereditaria donde se acumula moco espeso en varias partes del cuerpo, especialmente en los pulmones, lo que dificulta algo tan básico como respirar.
Como buen chisme, la historia de la FQ se cuenta con fechas y nombres. Todo empezó en el siglo XVI, cuando notaron que algunos bebés tenían el sudor muy salado —una pista temprana de esta enfermedad—. Pero fue hasta 1938 cuando la doctora Dorothy Andersen describió por primera vez la FQ, notando que afectaba al páncreas.
A partir de ahí, la ciencia siguió avanzando hasta que en 1989 se descubrió el gen CFTR, el principal responsable de esta condición. Cuando este gen está alterado, el cuerpo no puede regular bien el paso de sal y agua en las células, lo que provoca la formación de un moco muy espeso que dificulta respirar y digerir.
¿Y qué se hizo para que esta enfermedad no pasara desapercibida? En 1963 se creó la Fundación de Fibrosis Quística, con expertos que pusieron en orden el diagnóstico y tratamiento. O sea, no solo era conocerla, sino entender cómo manejarla. En 1974, otra reunión de especialistas trajo algo muy útil: el tamizaje neonatal, una prueba para detectar la FQ desde que el bebé nace, sin esperar a que aparezcan los síntomas.
Y bueno... no todo son malas noticias. Hoy en día, la esperanza de vida de las personas con FQ está aumentando cada año alrededor de 1.8%, y se espera que esta cifra siga mejorando. ¿La razón? La ciencia, actualmente existen terapias que van directo al gen afectado atacando al problema desde la raíz.