Fotografía de la Dra. Mary Fafutis Morris.
Mi destino estaba escrito, aunque no en las estrellas, sino en una hoja de papel. En segundo de secundaria, un examen vocacional dictaminó que mis aptitudes eran para la investigación biomédica. Yo tenía 13 años y no comprendía del todo lo que eso significaba; solo sabía que me fascinaba la biología, los organismos microscópicos y todo aquello que se movía bajo la lente de un microscopio. Años después, aquel resultado que mi madre guardó entre sus papeles cobraría sentido y marcaría la ruta de toda mi vida académica.
Me decidí por el área médico-biológica y más tarde ingresé a la carrera de Químico Farmacobiólogo en la UNAM. Era una época distinta: no había internet, ni redes sociales, y el estudio era el centro de todo. Cuando me encontraba en los últimos semestres, varios de mis profesores me repetían la misma frase: "usted debería dedicarse a la investigación".
Aquellas palabras despertaban algo dentro de mí; me recordaban la voz de aquella orientadora vocacional que, sin saberlo, había descrito mi porvenir. Mi servicio social en el laboratorio de cardiología y neumología del IMSS fue decisivo. Allí conocí al Dr. Álvarez, un hombre culto y generoso que me enseñó, sin planearlo, que la ciencia también puede ser una forma de arte. Hablábamos de música, pintura o literatura, y muchas tardes analizábamos las sonatas de Vivaldi mientras discutíamos sobre la estructura del método científico. Él me abrió los ojos a una dimensión más amplia del conocimiento: entender que la ciencia, al igual que las bellas artes, requiere sensibilidad, ritmo y armonía.
Antes de terminar mi estancia, el Dr. Álvarez me recomendó con su amigo, el Dr. Amado, recién incorporado a la Unidad de Investigación Biomédica de Occidente (UIBO). Fui portadora de una carta que, sin saberlo, sellaría mi destino. Aquel encuentro fue el inicio de mi verdadera formación científica. Descubrí el mundo fascinante de la microbiología, la micología y la inmunología experimental, y comprendí que dedicarme a la investigación significaba embarcarme en una vida de aprendizaje continuo.
Inicié mi tesis de licenciatura en la UIBO bajo la dirección del M. en C. Rodolfo Ramos Zepeda, un proyecto sobre macrófagos y la formación de rosetas autólogas. Obtuve mención honorífica, y con ello la certeza de que la curiosidad podía transformarse en vocación. Más tarde, durante la maestría en Biología Celular, comencé mis primeras investigaciones en lepra bajo la tutoría del M. en C. Alfonso Islas Rodriguez. De ese trabajo surgió mi primer artículo, presentado en el Congreso Internacional de Lepra en Beijing (1990) y publicado en el International Journal of Leprosy and Other Mycobacterial Diseases [1]. Permanecí dos años más en la UIBO con una beca de investigación, trabajando con cultivos celulares y antígenos de Mycobacterium leprae. Ese esfuerzo derivó en una segunda publicación sobre la respuesta de los linfocitos de pacientes con lepra lepromatosa frente a fitohemaglutinina [2]. Aquel periodo me confirmó que la investigación exige constancia, paciencia y, sobre todo, amor por la verdad científica.
El destino me condujo después al Instituto Dermatológico de Guadalajara (IDG), donde coincidí con el Dr. Barba, otro mentor visionario que me brindó una oportunidad irrepetible: crear un espacio propio para la investigación. Así nació el Centro de Investigación en Inmunoleprología, y más tarde, con el respaldo institucional, el CIINDE (Centro de Investigación en Inmunología y Dermatología). Con el tiempo, ese lugar se convirtió en el escenario donde acompañé a decenas de estudiantes a descubrir el mismo asombro que yo había sentido ante una célula viva.
Durante más de tres décadas, la docencia y la investigación se entrelazaron en mi vida. Fui mentora, formadora y, sobre todo, aprendiz perpetua. Dirigí tesis de licenciatura, maestría, especialidad y doctorado, y tuve el privilegio de colaborar con colegas nacionales e internacionales, como el Dr. Matsuoka en Japón y el Dr. Brennan en Colorado. En cada laboratorio, en cada intercambio, confirmaba una verdad simple: la ciencia no se enseña, se comparte; y el conocimiento, cuando se transmite con pasión, trasciende las fronteras del tiempo y del idioma. Recuerdo con gratitud los años en que el Dr. Barba me animaba a "cuidar el rancho" del laboratorio, porque en sus palabras había una lección profunda: la ciencia también se cultiva, se riega con paciencia y florece con perseverancia. Cada proyecto aprobado, cada alumno formado, fue una semilla de ese jardín intelectual que hoy miro con serenidad.
Mirando hacia atrás, entiendo que aquella carta del Dr. Álvarez fue algo más que una recomendación: fue una metáfora del destino que la ciencia me había trazado. No hubo azar, sino vocación, trabajo y una cadena de encuentros que moldearon mi vida. La investigación biomédica no fue solo mi oficio, sino mi manera de mirar el mundo, de explicarlo, de amarlo.
Hoy, al cerrar este ciclo, comprendo que el destino científico no se escribe con tinta ni con profecías, sino con dedicación y fe en el conocimiento. Esa carta predictiva fue, en realidad, la primera página de una historia que aún continúa escribiéndose en los corazones de quienes elegimos la ciencia como camino.